Etiopía: vine con las manos vacías
20 junio 2010

El Centro Comunitario para Refugiados del JRS de Addis Abeba da la bienvenida a todos los refugiados, independientemente de su condición política, social o religiosa.
Hace poco, estaba entre los pocos graduados del programa de formación profesional, organizado por el JRS.
En 2005, huí de la guerra civil en la República Democrática del Congo (RDC) con mi esposa y mis tres hijos. Nos llevó semanas llegar a la frontera etíope después de haber cruzado Uganda y Kenya. Cuando finalmente llegamos a la capital, Addis Abeba, nuestras ropas estaban hechas jirones y nosotros muy debilitados. Presentamos nuestros casos y solicitamos asilo.

Los siguientes dos días vivimos en la calle, durmiendo en el porche de hoteles y comiendo sobras. Hasta que un día, un joven etíope nos llevó hasta la policía y les explicó nuestra situación. Unos funcionarios de la seguridad gubernamental nos entrevistaron durante horas. Finalmente, nos derivaron al JRS, diciéndonos que allí nos darían ayuda.

En la oficina del JRS un hombre nos dio la bienvenida y algunas sugerencias sobre cómo adaptarnos a la situación en Addis. Nos dijo dónde podíamos conseguir ayuda y de qué tipo, cómo alquilar un alojamiento y cómo utilizar el dinero de emergencia que nos dieron.

Aquel mismo día, alquilamos una habitación cerca del Centro Comunitario para Refugiados (RCC) del JRS. A la mañana siguiente, enviamos a nuestros niños al centro de día del RCC donde se encontraron con niños de otros países con quienes jugar. Una semana después, obtuvimos el estatuto de refugiados urbanos, lo que permitió inscribirnos en el programa urbano de la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), mediante el cual recibimos unos fondos mensuales de subsistencia así como atención médica, apoyo económico para pagar los costes de la escolarización de nuestros hijos.

En el RCC nos encontramos con refugiados de la RDC, Sudán, Somalia, Yibuti y Burundi. Fue un consuelo encontrar gente que hablaba nuestro idioma materno después de tanto tiempo. Me gustaba el hecho de que personas de diferentes culturas y lenguas se reunieran para charlar, participar en actividades deportivas, aprender idiomas, cantar o tocar música juntos, utilizar internet o ver películas. Todos compartíamos el mismo dolor de haber sido desplazados por la fuerza.

Descubrí que el RCC ofrecía un amplio abanico de actividades. Me uní a una banda que cantaba en mi propio idioma y vi los efectos terapéuticos de la música. Esto me motivó a aprender a tocar la guitarra. Este fue el primer curso al que acudí en el RCC y me ayudó a seguir adelante. Luego me inscribí en cursos de informática e inglés y recibí ambos certificados.

Hace poco, estaba entre los pocos graduados del programa de formación profesional, organizado por el JRS. Como me gustaba la fotografía, me apunté a un curso de vídeo. Después de graduarme, utilicé mi vieja cámara manual para poner en marcha un pequeño negocio de fotografía que ya genera algún dinero y que me ayuda a mantener a mi familia. Como premio a mi perseverancia, el JRS me ayudó a renovar una galería de vídeo y audio para mostrar las actividades diarias del proyecto.

Ahora las cosas van mejor. A menudo pasamos el tiempo en el RCC y nuestros niños son felices allí. Es realmente un lugar para el cambio. Vine con las manos vacías, pero ahora tengo la formación que me ayuda a ganar el pan para mi familia. Sé utilizar un ordenador, escribir una carta, navegar por Internet o hablar en inglés. Para mi, el RCC evidencia el hecho de que la gente se preocupa por los demás y que ésta ayuda a sobrellevar el dolor y la angustia a través del acompañamiento y el servicio.